Mapa y brújula: lo básico
Lleva siempre un mapa topográfico de la zona (en papel o impreso) y una brújula con placa base. Aprende a leer curvas de nivel, sendas marcadas y puntos de referencia como collados, ríos y crestas.
Orientar el mapa significa girarlo hasta que su norte coincida con el del terreno: la forma más rápida es alinear una línea de referencia con lo que ves delante.
Declinación: el error que desvía tu rumbo
La aguja magnética no apunta al norte geográfico exacto; la diferencia se llama declinación y varía según el lugar y el año. Si no la corriges, en una ruta larga puedes acabar cientos de metros fuera.
Consulta la declinación de tu zona antes de salir (suele venir impresa en el propio mapa) y aplícala al tomar rumbos.
Referencias y plan B
Cuando la visibilidad sea buena, identifica y memoriza hitos grandes: un pico, un pueblo, una curva del río. Cuéntalos mentalmente mientras avanzas para saber dónde estás sin mirar la brújula.
Aunque domines la orientación, avisa siempre de tu itinerario y lleva un GPS o teléfono con batería como respaldo, nunca como único sistema.
Orientar el mapa en 6 pasos
Identifica en el mapa un lugar que veas o por el que hayas pasado.
Gira el mapa hasta alinear su norte con la aguja, corrigiendo la declinación.
Cruza lo que ves (picos, ríos, pueblos) con los símbolos del mapa.
Coloca la brújula entre tu posición y el destino, y gira la cápsula hasta el norte.
Mantén la aguja dentro de la flecha de dirección y avanza recto.
Cada media hora o en cada hito, confirma que sigues en el sitio previsto.